Pasados unos pocos días desde que se celebrasen las elecciones los políticos vuelven a su senda. Atrás quedan las preocupaciones de los ciudadanos, las promesas, la cercanía y las chaquetas sociales. Después de haberse dejado tocar, de haberse rebajado a la altura de los ciudadanos, de regalarles los oídos con mentiras de embaucador, regresan a las corbatas, a los coches oficiales, a no responder a las preguntas de los periodistas, a la lejanía con que les conocemos y de la que son parte, por mucho que muchos se dejen engañar los quince días anteriores a cualquier comicio.
Los líderes del PP y de PSOE dándose un baño de masas tras olvidar la corbata en casa.
Apenas una horas después de que se conociesen los resultados se dio el pistoletazo de salida para la gran carrera por la permanencia. Los políticos al fin en su salsa. Pactos, acuerdos e hipocresía campando por los despachos y los pasillos de los congresos de municipios y autonomías. Líderes e ideales enfrentados hace apenas unos días se olvidan y se venden como si nunca hubiese sucedido, memoria caduca de unos medios y una sociedad en que todo vale. Lo mismo pacta la izquierda con el centro o con la derecha que la derecha con el centro o con la izquierda. Nacionalistas, independentistas e incluso repudiados son tomados en cuenta siempre que permita mantener el puesto con la excusa de que aun no se han podido aplicar todas las medidas propuestas, y encima vendiéndoselo al público como que en el fondo se defienden posturas que no se encuentran tan distanciadas. ¿Y no es para indignarse? ¿No es para salir a la calle y movilizarse contra el concepto de político, de aprovechado, de mentiroso, de sinvergüenza?
Mientras el movimiento 15-M, entusiasta abanderado de los derechos de los ciudadanos, por los ciudadanos, parece que ha quedado en espera, puliendo, dicen, todas las ideas y propósitos obtenidos durante la semana pasada. La luz generada por las protestas parece que se quiera diluir, o al menos eso desea la clase dirigente, reacia a que nada cambie, a que sus privilegios puedan verse mermados en modo alguno. Sin embargo somos muchos los que pensamos que la semilla se ha plantado y que si ahora se alimenta bien terminará por germinar, pero que si se olvida y se arranca de la fuerza del colectivo, volviendo cada uno a su mediocre consumismo, la posibilidad de dejar de ser esclavos se marchitará como se marchitan las flores en otoño, lentamente, desapareciendo por sí sola. Lástima que este llamamiento no haya sido organizado ni apoyado siquiera por los sindicatos, teórica fuerza obrera al servicio del trabajador. En España ni esa defensión nos queda.
Los líderes políticos, reajustada la corbata, pasándose la responsabilidad sin aportar soluciones justas para la ciudadanía.
A estos sinvergüenzas podemos pararles los pies ¡Ya!








